La magia

La magia

GOCÉ DEL MAYOR DON QUE SE PUEDE CONCEDER A UNA PERSONA: QUEBRAR LOS LÍMITES DEL ESPACIO Y EL TIEMPO Y BORRAR LOS MOJONES DE LO QUE, ABSURDAMENTE, LLAMAMOS ‘REALIDAD’. ¿ACASO NO ES EL PERPETUO SUEÑO DE ALQUIMISTAS Y HECHICEROS?

JAVIER GAMBOA 27.02.2021 | 01:08

IGUAL que tú, hubo una época en la que fui mago. Aunque mi lámpara carecía de genio. Sencillamente, por entonces no lo necesitaba.

Gocé del mayor de los dones que se puede conceder a un ser humano: el de quebrar los límites del espacio y el tiempo y borrar los mojones de lo que, absurdamente, llamamos realidad. ¿Acaso no fue ese el perpetuo sueño de alquimistas y hechiceros? ¿No es tal el objetivo de la ciencia desde que el viejo Albert Einstein escribiera la más estimulante de las novelas de la historia utilizando solo tres letras, un signo y el número 2?

Lograba activar mis capacidades de taumaturgo en un minuto. El fenómeno jamás me sorprendió. Para mí era normal. Corriente. Cotidiano.

Gracias al encantamiento, y solo con desearlo, retrocedía doscientos años nada más pestañear. Y, con un crujido, aparecía a miles de kilómetros de donde me encontraba. Caminaba por el Moscú de los zares, cubierto con mi abrigo de piel de karakul, mis botas válenki y el ushanka en la cabeza. Sentía como si las calles y plazas carecieran de aire debido a lo seco y liviano del ambiente. Me preguntaba qué extraña materia sujetaba a aquel frío extremo y seco. Por todas partes olía a leña de abedul quemada y a manteca rancia de cerdo. Podía cruzar el Moscova caminando sobre el hielo para pasear entre las columnas de campesinas que surtían de alimentos los mercados de la ciudad. La urbe de las cúpulas como gigantescas cúpulas de colores. Brigadas de cosacos pasaban como truenos de tormenta, gritando a lomos de monturas inquietas. Ardía el vodka en el aliento de los tramperos, invariablemente barbudos, sentados junto a las chimeneas de las tabernas. Las voces silbantes y continuas de hombres y mujeres me acariciaban los oídos.

En un abrir y cerrar de ojos, me podía sumar a un frenético viaje rumbo a Nizhny-Nóvgorod. Recostado sobre el heno que cubre el interior de una telega saltarina tirada por tres caballos de crines revueltas. Acompaño a dos periodistas europeos que dicen llamarse Blount y Jolivet. Junto a ellos vi la nieve cubriendo los techados de las iglesias de Uspénskaya e Ilínskaya y blanqueando los hombros de los titanes que sujetan la fachada del teatro fundado por el príncipe Shechovskoy. El mercado de Nizhny-Nóvgorod no tiene parangón: confluyen los cereales segados en las grandes llanuras que rodean el Mar Negro, las mil especias acarreadas desde Estambul, las pieles preciosas de Siberia, el ámbar gris que se recolecta en las playas inhóspitas del Mar Blanco, el raro succino del Báltico y las sedas que cuidadosamente transportan mercaderes de ojos rasgados desde las orillas del Baikal.

En el pecho de la ciudad mezclan sus aguas, como inmensas venas de la estepa, el caudaloso Volga y el rebelde Oká. Ahí se confunden en su ansiosa búsqueda del sur. Desciendo por el Volga hasta su encuentro con el río Kama, que remonto, con la brújula señalando el noreste, hasta contemplar en el horizonte las murallas de la remota Perm, la ciudad a las puertas de los Urales. Las montañas sin medida. La nieve, en lugar de balancearse como una lluvia de plumas blancas, cae a plomo, pesada, en este paraje que parece el corazón mismo del invierno.

En ese momento, o en uno similar, –a lo mejor macheteando la espesura de la selva en busca de una senda que conduzca a la fronteriza Manaos, o dejándome extraviar por la medina de una Fez que se transforma a cada segundo en un laberinto cambiante– basta la voluntad para materializarme en las callejuelas del barrio portuario de la isla de Nantucket, unas millas al sur de Cabo Cod. Enormes embarcaciones de hasta tres palos, con el trapo recogido, descansan en los muelles. Cae la noche. Los marineros improvisan disputas azuzados por los diablos que habitan las botellas. Las mujeres descalzas aprietan el paso con sus canastas sobre la cabeza y la falda arremangada para esquivar el barro.

Sentado sobre un noray ahorcado por las maromas, un joven contempla el brillo oscuro de las olas aceitosas. A su lado, bajo una grúa que cualquiera tomaría por una escultura construida con listones de madera, sogas y poleas, docenas de toneles vacíos. Tanto los toneles como el chico desean hacerse a la mar. El océano chapotea al acariciar las pilastras del muelle. Salta algún pez solitario. Los cangrejos corretean sobre el firme formando un coro de castañuelas.

—Puedes llamarme Ismael –me dice al percatarse de que observo, a tres pasos de él, cómo la espuma acuna los barcos–.

Cuenta que sueña con enrolarse en un ballenero. Quiere conocer mundo. Y experimentar la dureza del trabajo, la aventura y el azote del salitre. El oficio que le atrae es el de arponero. Me enrolo con Ismael. Perseguimos ballenas sin descanso. Queequeg, Tashtego y Daggoo son expertos del arpón y buenos camaradas. Temerarios, supersticiosos, frágiles en su fortaleza. Como toreros del mar. Maestros del volapié a lomos de barca. Creyentes de la suerte suprema. Buscan un destino que jamás huye.

Sobrevivo atándome con el ensogado de una verga a un baúl que flota entre los restos del naufragio. El Leviathan blanco nos atacó. Como tú, yo siempre sobrevivía para pestañear y verme guiando un rebaño de cornilargos hacia los herbazales de Montana. O bien para, asomado tras la lámina de agua de una catarata, advertir al destacamento de casacas rojas que tropas francesas y los nativos de la tribu de los hurones les preparan una emboscada.

Los instrumentos mágicos que facilitaban el trance eran sencillos: una lámpara, a menudo bastaban una linterna, y la cama. Me costaba poco desaparecer bajo la cama. Encendía la linterna y abría, con un crepitar de cola reseca y papel amarillento, el libro. Miguel StrogoffMoby DickEl último mohicano,El hombre de fuegoEl santón de la montañaLa isla del tesoro. Los avatares me absorbían de tal modo que dejaba de escuchar lo que me rodeaba, olvidaba el polvo y las voces a mi alrededor y viajaba a través del círculo de luz y letras impresas. A cualquier parte, sin importar la era.

Sin pretenderlo, crecí. Como tú. Un día, mi humanidad ya no cabía por el hueco bajo la cama. Y me sacudió el fin del encantamiento: involuntariamente, tomaba distancia del relato; sospechaba intenciones tras la frases; estructuras impostadas; tramas que era capaz de prever. La magia me abandonó. Por mucho que lo intentara, ya no me devoraba el círculo de luz y letras. Sospecho que a ti te sucedió de igual modo.

Ahora, hace ya años que necesito gafas. Y cada vez oigo menos. La buena noticia, también para ti, es que el cuerpo se va resecando. Mengua. Cada mes, pruebo. Pronto volveré a pasar por el hueco. Lo haré despacito. He comprado pilas para la vieja linterna. Aguardo. Añoro lancear molinos de viento. Mantengo la esperanza de que la magia me posea, de un momento a otro, bajo la cama.

Quizá un día ya no desee salir.

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