Kosnoaga

El libro de relatos #Laguerraquenoshabita A Fortiori Editorial esconde un humilde homenaje a #Gernika y a quienes vivieron el bombardeo. Es ‘Kosnoaga».
La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial
La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial

 

La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial
La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial

 

La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial
La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial
La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial
La guerra que nos habita, de José Javier Gamboa. A Fortiori Editorial

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Kosnoaga

Durante muchos años Miren subió a Kosnoaga por su propio pie. Después la llevó su hija. Hacía ya un tiempo que era su nieto quien arrancaba el viejo y destartalado Lada Niva para ascender las rampas de la colina cercana a Gernika con su abuela a bordo.

Era una especie de ceremonia en la familia. Nadie objetaba. Nadie pidió explicaciones jamás. Sobre el mediodía de cada veintiséis de abril, la anciana salía a la acera frente al portal de su casa en la calle Iparraguirre. Firme sobre su bastón. O sujetando el paraguas. Y aguardaba el paso del quejoso Lada rojo, que anunciaba su cercanía por los bramidos del motor. Un motor proletario, como de tractor. La mujer se encaramaba en silencio en el asiento ajado y miraba al frente. El tránsito del todoterreno soviético por el centro de Gernika recordaba, a quien lo hubiera olvidado, que era veintiséis de abril.
Cuando la pista ya no lo permitía, el chico tiraba del freno de mano, paraba el motor y ayudaba a su abuela a caminar sobre la hierba de primavera hasta el punto en el que se ve que el valle alcanza la ciudad. Después, se alejaba para hablar por el móvil, echar una partida a los videojuegos, comer un bocata, abrir una cerveza y volver a charlar por el teléfono.

La mujer solo miraba los viñedos que abrían yemas, las laderas suaves cubiertas de hierba, surcadas por los caminos, y los edificios, muy a lo lejos, primero salpicando los jardines y después apretando filas.

Miren permanecía inmóvil dos o tres horas. Parecía que no respirara. Casi sin pestañear. En pie junto al tronco seco de un roble partido a lo largo, como demediado por una enorme hacha de silencio. Observaba el aire inexpresiva, aunque viniera el zirimiri de través. Aunque el sol deslumbrara en su caída hacia el mar.

Aquel roble fue verde. De niña, Miren salía del caserío de la familia, unos cientos de metros al este, se mojaba los pies en el rocío del prado y jugaba bajo el árbol. Se escondía para sorprender el correteo nervioso de la ardilla, los combates de los ciervos voladores o el zumbido de las libélulas que vigilaban la charca. A veces ladraban los perros, respondiéndose unos a otros hasta aburrirse.

Le gustaba investigar entre las ruinas del molino de viento de Garitaonaindia. En ocasiones encontraba un extraño clavo cuadrado bajo el polvo del ladrillo. O un botón. O un papel medio podrido. O los restos de un saco que aún olía a harina de maíz.

Ella cumplió nueve años ese 1937. Estaba siendo un año raro. Hacía semanas que no la mandaban a la escuela de las señoritas Loroño. Su hermano mayor y el padre faltaban de casa. Le dijeron que habían ido a navegar en el barco de Bermeo, aunque ella sabía que eso no sucedía hasta mayo o junio. Su madre y su tía habían cargado muchos enseres y comida en el carro. Hacía semanas que, cada mañana, uncían las vacas al yugo como si fueran a arar o a emprender cualquier otra labor. Pero no hacían nada. Al anochecer las soltaban y volvían a meterlas en el establo.

El veintiséis de abril, mientras buscaba bellotas escondidas por la ardilla en los huecos del roble, escuchó el peculiar pistoneo del primer Meridionali Ro-37. Era el avión que dibujaban todos los niños en la escuela. Chato y simpático. Un biplano monomotor italiano. Miren siguió con atención el trayecto elíptico y dubitativo sobre Gernika de aquel moscardón pardo. Se fue hacia el sur. Y apareció otro. O quizá era el mismo. Repitió la operación. Y una vez más. Miren agitaba las manos al cielo cada vez que la sobrevolaban.

Después pasaron un Dornier DO 17 y tres Savoia S-79. Iban más altos. Rectos. Sin dudas. Gritó una sirena. Otra. Otra más. Los perros enloquecieron. Miren permaneció quieta. Con los ojos muy abiertos. Las explosiones sonaron sobre la ciudad como una letanía de muerte. Una columna de humo blanco y polvo señalaba el horizonte.

Los Heinkel He-111 sonaban distintos al pasar. Sus tres motores eran otros tantos coros broncos. Se mantenían en el aire como plumas a pesar de ir cargados de destrucción. Luego llegaron las formaciones de Junkers Ju 52, con su hocico respingón y la chapa ondulada. Fueron más de los que Miren pudo contar. Alfombraron el valle con bombas de 250 kilos. Y soltaron sus artefactos incendiarios en las calles. El fuego había sustituido al polvo blanquecino. Y un humo negro y acre a las primeras columnas blancas. Una de las sirenas había callado.

Su tía la tomó en brazos gritando y llorando. Corrió al portal del caserío. Las vacas uncidas tiraban ya del carro. Las contraventanas estaban cerradas y clavadas. Alguien atrancó la puerta. Tomaron el camino hacia el oeste. Rumbo a un lugar llamado Carranza. Su hermano jamás regresó. El padre retornó siete años después, pero era otro.

Ocho décadas más tarde, Miren seguía viendo en el cielo el ballet macabro de los Meridionali, los Dornier, los Heinkel y los Junker. Ahora, entre las colinas se alternaban prados, viñedos, emparrados de kiwis, jardines y chalets. Pero, bajo todo esto, ella distinguía los agujeros que una vez cavaron las bombas. Era capaz de ver esas cicatrices en la tierra. Aunque ya no estuvieran allí. Podía decir exactamente en qué lugar cayó cada ingenio explosivo y cómo sonó. Tenía grabada cada uno.

Miren no sentía la necesidad de contárselo a nadie. Pero no quería que se le olvidara. Por eso regresaba a Kosnoaga cada veintiséis de abril.

Al volver a casa, pidió a su nieto que cuidara el Lada. Lo iba a necesitar el próximo año.

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