Toby

Toby

JAVIER GAMBOA 19.12.2020 | 00:46

Antonio es incapaz de establecer con exactitud hace cuánto tiempo que se le ha metido en la cabeza la idea de asesinar a su mujer pero tiene decidido que será cuando haya que sacrificar a Toby y se queden solos

ANTONIO es un hombre mullido. Blando. De los de camisa gruesa a cuadros grandes. Prejubilado de banca, hace una década que el mayor afán de su mañana se remite a tomar un café cortado con vistas a la ría, leer la prensa y pasear a Toby bajo los grandes árboles del alargado parque ribereño. Si calienta el sol, se cubre con una gorra de béisbol. En invierno, un gorro azul marino de punto de lana gruesa. Pica un poco. Calza esas zapatillas oscuras sin tiras ni costuras de colores, siempre negras o pardas, de suela desangelada y aspecto cómodo. De las que parecen la descendencia híbrida entre un zapato de oficinista y la deportiva de un tenista retirado. Esas mismas. Y, aunque se conjura para calcularlo cada atardecer, es incapaz de establecer con exactitud hace cuánto tiempo que se le ha metido en la cabeza la idea de asesinar a su mujer. Un run-run imposible de sacarse de dentro. Un remolino feroz.

Del mismo modo que otros ciudadanos solitarios despotrican al pasar las páginas del periódico, Antonio agita la cabeza con un sonrisa irónica. Con sorna callada. Cualquiera diría que conocía al detalle todo lo que iba a acaecer: lo de los problemas en Canadá, la subida del paro, el cierre de los astilleros, la corrupción, el auge de los partidos políticos de planteamientos extremos, el desastre del club de fútbol de la ciudad. Él fue capaz de profetizar cada acontecimiento sentado ante el televisor. «Si es que se veía venir», murmura. «Vaya banda de descerebrados tenemos al timón», comenta al camarero cuando le asoma la cuenta. Toby observa con gesto aburrido. Si un lebrato parara ante su hocico, y fuera capaz de verlo, lo que no cabe entre las probabilidades, Toby lo lamería con fruición en lugar de hincarle el diente.

El perro fue un labrador color avena molida. Pero ya asemeja una vieja bolsa de viaje, peluda y demasiado cargada, que camina con dificultad sobre sus asas fofas y torcidas. La lengua permanente fuera, los ojos muy redondos, entre enrojecidos y amarillentos, Toby agita la cola con una lentitud que indica que ya no se trata de un gesto de alegría. Podría deberse, simplemente, a un intento de equilibrar el balanceo inverso de la cabeza. Entre su pelaje de tonalidad mortecina, asoman puñados de canas y ovillos de pelusa a punto de desprenderse.
Toby ladra poco. Cuando quiere desencadenar la alerta porque un extraño se adentra en su territorio, tose. Una tos ronca. Tras tres o cuatro espasmos bronquíticos y desganados se limita a recuperar el ritmo de la respiración. Le fatiga toser. Le fatiga respirar.

Aunque a su dueño le reconforta pensar que aún sigue invisibles pistas jalonadas por olores, Toby ya no olfatea cuando arrastra el hocico por el suelo. Simplemente, le pesa el cráneo. Se muestra poco dispuesto a soportar dolores de cuello. Antes de que transcurran quince minutos de sufrida caminata, deja caer el hocico. Y se desplaza lentamente. Casi prefiere que Antonio tire de él. La correa sirvió en su día para sujetar al animal. Hoy la utilizan para remolcarlo. Aunque, cada vez más a menudo, se despatarra derrengado en el momento más insospechado. Mira al humano. Hace mohínes. Es su modo de suplicar tregua. Si se encuentra en ese momento resulta inútil tirar, gritar o darle palmadas. Ni siquiera sirve ponerle la mano llena de golosinas delante de las narices. Él es quien decide cuándo incorporarse morosamente y reanudar la marcha. Despacio. Entre mil jadeos.

A Antonio esos parones le importan poco. Le sobra tiempo. Le cuesta concentrarse para leer alguna novela. Y, a los diez minutos, se duerme frente al televisor por mucho que echen una de vaqueros. Le sucede a cualquier hora. Así que para qué correr. Sube a Toby en el ascensor. Lo arrastra por el pasillo hasta su alfombra preferida. Baja con la lista de la compra y una de esas bolsas sintéticas que evitan el consumo de plásticos. Regresa con el pan, media de huevos, ocho yogures desnatados, seis cervezas, harina blanca de trigo, detergente, peras maduras y una coliflor.

El resto del día lo dedica a fantasear sobre el modo de acabar con su mujer. Con la mirada perdida en algún punto del vidrio de la ventana que da a la placita. O bien con los párpados entrecerrados. La idea le estimula. Ha decidido que será cuando haya que sacrificar a Toby y se queden solos. Toby es un reloj de arena. El crono que marca el último día de la mujer. Aunque el perro no lo sepa y la siga torpemente por la casa con su bamboleante cola reumática.

Es consciente de que no ejecutará el plan. Pero, en algún momento, el ángel del mal vertió veneno en su oído y ahora es incapaz de sacarse el estímulo de dentro. Antonio espera que, durante el mismo proceso de elaborar una estrategia, la que sea, la comezón desaparezca. Aunque, con el paso de los días se está convirtiendo en una obsesión que lo desazona. Ella ni se da cuenta: hace su tabla de ejercicios, canta mientras termina la tarea que le toque, queda con sus amigas runners, se hace la pedicura. La pobre ignora que se le acaba la existencia.

El hombre estudia los hábitos y los movimientos de la mujer. Es como el acecho a una presa. Ese picante de la caza. Silencioso. Camuflado. Debe poner el lazo. Observa que ella se sube a una cajita de plástico para tender la ropa. Las cuerdas opuestas quedan a más de un brazo de la baranda de la terracita que da al patio. Podría engrasar la cajita. Bastaría una patada en el momento oportuno, cuando ella estuviera de puntillas, con el cuerpo sobre la traviesa de la baranda y los codos extendidos a tope. Una lástima. Qué dolor. Un cruel accidente doméstico. Qué desgracia. No hay cuerpo que resista la trompada de siete alturas. En realidad, ocho. El solado corresponde al techo de los garajes subterráneos que quedan aún más abajo. Es perfecto. Indetectable. Suceden cada jornada infortunios de ese estilo.

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