El apartamento

«El apartamento»

La semana siguiente a que el Gobierno suspendiera el confinamiento se sucedieron los festejos. Todo fueron celebraciones, eventos, pasacalles y música. Tras dos meses encerrada, marchitando su primavera entre cuatro paredes, la gente tenía, por fin, algo que celebrar. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Fueron los peores días de mi vida. A menudo sueño con aquellas jornadas. Las pesadillas me persiguen. Despierto envuelto en sudor, asustado por mis propios gritos. Si esas noches completan el cuadrante de un relevo entero, vuelvo a solicitar el tratamiento.

Tuve que internarme en un sanatorio cuando pasó el pico de trabajo. Me lo aconsejó la psicóloga de la mutua. Los compañeros y la familia coincidían en la misma opinión. No fui el único. Gracias a esa pausa logré permanecer más o menos funcional. Cuesta olvidar. Lo peor es el olor. Permanece. Es como si se agarrara con garfios a la memoria. Ni siquiera se borra un poco, que es lo que les sucede a los buenos momentos. Al contrario, mantiene todos los matices. Si me acuesto, sé que ese olor tornará con el duermevela de la madrugada. No falla. Otras veces, durante una intervención, o al caminar por la calle, percibo una pizca, un toque, nada, del olor. Y el recuerdo regresa completo. Es como si me lanzara hacia abajo por un tobogán espantoso. Y preciso detenerme. Tomo un té con limón. Masco un chicle de clorofila. Con suerte, tras un parón de media hora, puedo reincorporarme. En otras ocasiones,

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