Alborán

«Alborán»

A esa hora aún permanecía calmado el mercado de Saleh Idrissa. El muecín llamaba a la oración desde el alto minarete blanco rodeado por tapias de adobe. Olía a cuero fresco, que es una mezcla de carne, de piel y heces de gallina.

Pronto, el sol mostraría su gran ojo sobre la medina partiendo el cielo entre la luz orgullosa y la oscuridad avergonzada. Volverían a aparecer los conos de especias de colores sobre los mostradores, perfumándolo todo de anís y canela. Y los saquitos de gasa que esconden hierbas y semillas medicinales. Los pescados boqueantes. Y las cabezas de carnero que vigilan el acontecer desde los ganchos pendidos sobre los puestos de carnicería.

La gente pasea con un caminar cansino, de chancleta, en el mercado de Saleh Idrissa. Los ojos de las mujeres calibran despacio ese universo; algunas vestidas de negro, otras de un ocre muy oscuro, y las menos con estampados azules. Todas con la cabeza cubierta. Los hombres fuman y charlan. Dos vendedores de telas se desgañitan subidos en gastados cajones mientras agitan retales en las manos. El té humea sobre las bandejas de latón repujado. Los chamarileros se abren paso. Los pichones y los pollos aguardan su destino, que ellos suponen que es volar, en pequeñas jaulas de madera. Las naranjas amarillentas, menudas y arrugadas, se apilan a la vista. De algún lugar, parte el aroma a hierbabuena fresca.

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